martes, 22 de marzo de 2011

Un poco de todo

Un poco de todo...

... y mucho de nada.

¡He vuelto! Por causas ajenas a la organización, los planes cambiaron a final de camino y, en lugar de regresar ayer, he llegado hoy mismo a casa. Ello implica que no tengo recetas hechas por mí, especialmente pensadas para uno, que poner tampoco hoy... ni de estos días atrás, porque desde el viernes me han puesto el plato por delante... Pero no está todo perdido. La entrada de hoy va a ser un resumen de lo que he almorzado estos días, para no dejaros sin ideas. No os podré poner las cantidades exactas para una persona, como venía haciendo, pero os pondré cada una de las cosas que comí para que al menos sigáis teniendo ideas para no perderos en esa ardua tarea de enfrentarse cada día a la pregunta "¿y qué leches me hago yo para comer hoy?". Mañana, sobra decir, las cosas ya vuelven a la normalidad y os pondré el almuerzo para uno que me haga. Hoy, os pongo cuatro recetas:

-Primer almuerzo, en un bar: ensalada mixta, un poco de ensaladilla y pavías de merluza. La ensalada mixta tenía lechuga, tomate, zanahoria rallada, atún y un poco de huevo duro. Me gustó bastante el detalle de que el aceite y el vinagre para aliñar lo pusieran aparte, porque se está convirtiendo en una (horrible) costumbre eso de traer la ensalada aliñada... (¿pero quién le manda a otra persona aliñar la ensalada de otra? ufff... eso es que puede conmigo... lo siento). La ensaladilla, la verdad, la pidió otra persona y tomé un poco por no hacer el feo. Pero a mí es que las ensaladillas que llevan mayonesa de bote... ejem... no me dan confianza. Sé que es más cómodo para los bares hacerla así, porque evidentemente le duran más y, claro, comprendo que no es lo mismo arriesgarse con una mayonesa preparada que prepararla uno usando el huevo y multiplicar por mil la probabilidad de que, al día siguiente, se estropee. Eso me recuerda a que es más fácil tirar de la nueva receta que va proliferando por ahí, de la mayonesa de leche (o "lactonesa", como la llaman). Hay muchas formas de hacerla, pero siempre va a consistir en que el huevo va a desaparecer y va a ser sustituido por leche. Yo, por mi parte, la hago con leche desnatada: echo un poco, así como medio vaso pequeño (unos 50 ml) en el vaso batidor. Añado un poco de limón (unas gotas del exprimido o, si no tengo, de ese de bote que ya viene líquido, aderezo de limón) y una pizca de sal. Añado a veces un poco de ajo muy picado, sólo un poco, un diente pequeño. Uso el aceite de girasol para evitar que el sabor excesivamente fuerte del aceite de oliva (aunque sea suave) se coma el sabor de la mayonesa. Bato añadiendo poco a poco el aceite de girasol, hasta que ligue. Queda muy rica, muy muy rica, y dura mucho. Lo único malo es que no suele salir muy espesa, aunque sé que es más fácil conseguir el espesor con aceite de oliva. Cuestión de probar.
Y la receta de la lactonesa venía a cuento ¿de qué?... ¡Ah! Los bares. ¿No es más rico sustituir esa mayonesa de bote por una lactonesa que no se estropee? Sí, es más rico, pero es más laborioso que comprar un bote y abrirlo... ¡El día que yo tenga un restaurante, que tiemblen los bares!
Las pavías, para el que no lo sepa, es una forma deliciosa de comer pescado. Las hay de merluza y de bacalao, al menos son las más populares, pero creo que cada uno las puede hacer del pescado que quiera. No es un simple pescado rebozado, ni mucho menos. Ni siquiera calificaría el método de hacer pavías como "rebozado", sino más bien de una crema que cuesta mucho conseguir y que convierte el plato en una gozada. Hay pocos sitios donde se coman buenas pavías. A mí me gustan las de Chipiona, concretamente las de una freiduría, donde venden todo tipo de pescadito, aparte de tortillas y pollos asados. Un sitio que te saca de un apuro pero a base de calidad y buen precio. Las pavías de ese sitio... mmmm.... son indescriptibles. No puedo daros receta de pavías personal porque no las he hecho (no me atrevo), pero os diré que creo que tienen una simple regla: mientras más deformes y amorfas, mejor. Si entráis en un bar y pedís pavías y os las ponen todas de un tamaño igualado y regular... dudad de su calidad. El secreto está en el marinado o masa que las cubre antes de freir. En las mejores casas de pescado, sé que suele usarse un elemento que incorpore gas, creo que gaseosa e incluso cerveza. De todos modos, os dejo un link de lo que me parece una buena receta de pavías, sencilla pero seguramente exquisita. En este caso, usan agua con gas.

- Segundo almuerzo: en la playa. Mi menú de la playa fue un menú más bien del norte, a base de empanada y pescado. Hacía mil años que me moría de ganas por comer empanada gallega. Realmente, persigo una buena receta para hacerla yo misma: nada que ver con la que uno compra en el súper, pero claro, que quedaría muy lejos de ser una auténtica empanada gallega. Me resigné a tener que comer toda la vida la del súper, porque mis probabilidades de comprar una en Galicia son nulas (hago un llamamiento a la gente de Galicia para que me manden receta de la auténtica empanada, por favoooor). Peeeero en la playa... vi con un restaurante que me abrió las puertas del cielo: estaba regentado por gente gallega. Y una de las especialidades era... efectivamente. La empanada. El cielo terminó de abrirse cuando vi aquello. Una empanada perfecta, de masa consistente, ni muy crujiente ni excesivamente blanda. Jugosa, con todo el pimiento, la cebolla y el atún perfectamente mezclados en su interior... un bocado exquisito que hizo que los ojos me brillaran durante el resto del fin de semana (y no era efecto de las lentillas). No siendo suficiente con mis dos pedazos de empanada, pedí el segundo plato: atún con tomate. Igual de maravilloso, nada decepcionante. El tomante era casero y eso ayuda mucho a enriquecer el plato. Los trozos de atún, perfectos: jugosos, nada secos ni duros. En su punto. También espero animarme un día a hacer atún, y no sólo comerlo de lata o, como mucho, en filete pero vuelta y vuelta a la plancha. Os contaré si lo hago.

- Tercer almuerzo, en casa de los anfitriones: dorada al horno con verduras. SUBLIME. No tengo palabras para describir lo exquisíto que estaba el plato. Su elaboración fue más que sencilla: unas patatas en rodajas, un poco de cebolla, pimiento verde y tomate. También limón. Todo estaba cortado en trozos grandotes. Para hacerlo, me explicaron que primero pusieron las patatas en el microondas, unos diez minutos al máximo, porque al ser más duras requieren más cocción. Se sacan las patatas y se cubre con ellas el fondo de una bandeja. Por encima, ponemos las verduras: la cebolla, el pimiento y el tomate. Después, las doradas. Regamos con un poco de aceite de oliva y sal. Abrimos unos limones a la mitad y ponemos un poco del jugo, pero los dejamos puestos encima de las doradas y las verduras. Es decir, no sólo el limón y los tiramos, sino que dejamos los trozos de limón por encima, para que se asen también. Se echa un poco de agua. Y esto lo metemos en el horno, a unos 200, calor arriba y abajo, unos 25 minutos, media hora. El resultado es espectacular. A mí no me gusta mucho el sabor a limón, pero tengo que confesar que el gusto que cogieron las patatas ha sido el mejor bocado que he probado en la vida. Buenísimo, de verdad, y sencillísimo. El tomate asado al horno también queda súper sabroso. Y la dorada, en su punto, con una carne jugosa y blanca, humeante, nada reseca pero sin estar cruda. Vamos, la perfección. De esas cosas que mueve el azar y que nunca saldrán igual... aunque espero que cuando ponga en práctica esa receta me salga tan buena... Esas patatas con limón... merece la pena hasta hacerlas sola.

- Cuarto almuerzo: en casa de los anfitriones, espinacas con garbanzos. ¡Este sí que fue fácil de elaborar! Por encima de la cocina, vi un bote de marca Hacendado de preparado de garbanzos con espinacas. Se preparó un spofrito típico, a base de ajo y un poco de cebolla, al que se le añadió un poco de pan y una guindilla. Con esto, se hizo una especie de majado. Se puso a calentar el bote de espinacas con garbanzos, que viene listo para comer así, y se le añadió el majado. El resultado: buenísimas. Creí que no iban a gustarme por eso de venir ya en bote. A mí, como el sabor de los garbanzos dejados en remojo de víspera y luego cocidos por uno mismo, no hay nada. Pero el botecito resultó estar bueno. Muuuy bueno, con el majado de ajo que se le añadió. De segundo plato, se hicieron unas friturillas, entre las que me centré en mis adorados mini san jacobos. Después de comerme cuatro minis pringados en ketchup... desistí de la idea de seguir comiendo e irremediablemente mi cuerpo se rindió a una maravillosa siestecilla, extasiada del gusto (recordando las patatas al limón del día anterior a lo Homer Simpson... "mmm, patataaaas").

Y eso ha sido todo. Hoy, al llegar a casa, sólo he tenido tiempo para mirar el frigorífico y sacar una sobra. Aunque ha sido una de mis sobras favoritas... (tápense los ojos los reacios a la casquería y a las vísceras o dejen de leer). Efectivamente, sangre de pollo encebollada. Con un primer plato fresquito, a base de tomate, remolacha y queso fresco, aderezado con un poco de albahaca, y con un chorreoncito de aceite de oliva, la sangre me ha venido de perlas. Como si entrara directamente en la mía y me diera fuerzas. Y para completar, la buena cantidad de hidratos complejos que nos da el pan, que este menú está muy falto de hidratos.

¡Pues nada, gente! A elegir plato y a comer sangre y vísceras sin prejuicios (con moderación , por dios) que nos hace falta hierro (con una frase como esta... seguro que cualquiera que haya leído esta entrada no me lee más...). Mañana, todo a la normalidad. A ver qué preparo...







viernes, 18 de marzo de 2011

Arroz verde

Arroz verde...

... con historia. Y es que la elaboración de este plato lleva... ¡una semana! Claro que no una semana en la que se está trabajando toooda una semana en el plato... sino una semana porque preparé la primera parte un día y... se me olvidó terminar el arroz hasta que me acordé una semana después. Un buen frigorífico me ayudó a que no se hubiera desperdiciado el primer paso de este arroz. Yo le llamo verde no porque salga verde, sino porque lo hago con verduras verdes. Suelo clasificar así las cosas: crema roja, por ejemplo, y la hago con vegetales de ese color. Cremas amarillas, cremas verdes... así, por colores, sin mezclar vegetales, como amante de la estética y la policromía... aunque no siempre hago esto, porque muchas veces me gusta mezclar todo lo que me voy encontrando. Ni qué decir tiene que la cebolla, aunque sea blanca, no la uso sólo para la crema blanca, sino para todas. ¡Bueno! Sin más os dejo con la receta de mi almuerzo de hoy, como siempre, para una persona:


Primer paso: tenemos que hacer un caldo simple con verduras. Para ello, usaremos:

- Una alcachofa (o alcaucil).
- Medio puerro.
- Media cebolla.
- Medio nabo.
- Una penca de apio pequeña.
- Agua.

Cómo lo hice: vamos a poner los ingredientes en la olla rápida, y echamos agua guiándonos por la alcachofa: cuando esté hasta la mitad, ya no ponemos más agua. Cerramos cuando hierva y la ponemos en el 2. La dejamos cinco minutos desde que empieza el ruido, apagamos la vitro y la dejamos con el calor hasta que deje de salir el vapor. Cuando termine, abrimos la olla: separamos las verduras del caldo y las troceamos. (Yo guardé la olla porque el arroz era para el día siguiente, aunque se me extendió la olla guardada en el frigorífico con las verduras y el caldo, ya os digo... una semana).

El siguiente paso es preparar el arroz. Para ello, usé:

- 50 gramos de arroz integral.
- Sal.
- Albahaca fresca.

Cómo lo hice: de una forma muy fácil. Cogemos una sartén, no una olla. Tiene que ser algo más ancho que alto, al menos, eso siempre uso yo para el arroz. Creo que queda mejor, extendido por igual, y no apelotonado en una olla (a no ser que sea una olla de un gran diámetro). Ponemos el fuego alto y colocamos la sartén, sin nada de condimentos. Añadimos el arroz y lo dejamos medio minuto en ese calor. Empezará a humear un poco. Cuando pase ese ratito, le echamos el caldo de la cocción de los vegetales anteriores. Si vemos que es poco, añadimos agua. Si vemos que va a ser mucho, no le ponemos el caldo entero. Yo no tuve que añadir, pero es porque cuando cocí los vegetales eché la cantidad justa de agua (me salió por casualidad). Lo único que hay que hacer es ver el arroz: ver su volumen y ver que lo que yo le pongo al arroz integral es más o menos dos partes de agua por una de arroz, porque es un arroz muy duro y entero (integral, vaya) y ncesita más tiempo de cocción. Yo, poniendo eso, siempre me queda bien. "Bien" para mí es seco, no caldoso. Pero es cuestión de gustos.
Una vez echado el caldo resultante de la cocción, lo dejamos hirviendo a fuego alto y tapado, unos diez minutos. Echamos de vez en cuando un ojo, para que no se nos pegue, por si tenemos que echar más agua. Mientras, sacamos las verduras a un plato y lo troceamos con un cuchillo, al tamaño que nos guste. Cuando pasen los diez, quince minutos, apagamos el fuego, disponemos los vegetales cortados encima y ponemos un poco de albahaca fresca. Tapamos en seguida y lo dejamos asi reposando. Recomiendo hacerlo por la mañana temprano, para que a la hora de comer esté perfectamente reposado y que baste con sólo calentarlo un poco antes de servir. A mí es que el arroz me gusta así, más asentado, que recién hecho. Pero eso, cuestión de gustos. Justo antes de servir, eso sí, añadimos un poco de sal.


¿Fácil o no?


En cuanto al valor nutricional del plato, tenemos una receta súper sana y llena de nutrientes y energía. El arroz integral nos va a aportar carbohidratos complejos, de los que molan, aparte de toda la fibra que prácticamente eliminaríamos con el arroz blanco. Para la cantidad que hemos puesto (50 gramos), nos dan unas 150 calorías. Las verduras nos aportan también hidratos, pero sobre todo, vitaminas y antioxidantes, además de las propiedades diuréticas que la mayoría (cebolla, apio, alcachofa) presentan. Es un regalo para nuestro aparato digestivo, desde luego.
El aporte de proteínas es muy deficiario, por lo que debemos acompañar este plato de un primero, por ejemplo, que sea una ensalada de atún o de cualquier proteína, con palitos de cangrejo (surimi) o un filete de pollo o de cualquier otra carne. O acompañarlo con un huevo, cocido, frito, pasado por agua... en tortilla francesa... como más nos guste. O comer un poco de queso o de jamón. Pero proteína hay que poner, para que esté equilibrado.
De grasa mala no tenemos nada de nada, y de buena, la que presenta (mínimamente) el arroz, así que perfecto, ¿no?

En resumen, estamos ante un almuerzo sano, diferente y riquísimo. Que permite, además, tenerlo preparado de antemano (ya las verduras cocidas) e incluso sustituir el arroz por cualquier otro cereal o con pasta. ¡Todo es probar e improvisar! Un día, lo haré pero con vegetales rojos o amarillos... a ver qué me sale.

Por cierto, ¡catástrofe! Durante tres días estaré fuera de casa, en los que no podré postear. Pero el lunes vendré con el almuerzo del lunes y de estos tres días. Cuatro recetas en un día... ¡para elegir!

miércoles, 16 de marzo de 2011

Crema de calabaza y Albóndigas con verduras

Crema de calabaza y albóndigas con verduras...

... porque el naranja me encanta. Y naranja era mi crema y naranja le puse a las albóndigas, de la mano de la zanahoria. Sólo decir que la crema de calabaza la suelo hacer mucho y, para esta, empleé menos ingredientes de los que suelo ponerlo. Sin embargo, ha sido la mejor crema de calabaza, la más rica y sabrosa que he comido nunca. Buenísima y sencillísima. No sé si mis dedos tuvieron ese día la capacidad para añadir lo justo de cada ingrediente o si alguien me tocó con una varita. Pero quedó inexplicablemente rica. Curiosamente, a las albóndigas les pasó lo mismo: no sé si la verdura estaba justamente sofrita o si las albóndigas se amasaron con la proporción ideal, pero sabían a gloria. Mi almuerzo de hoy ha sido totalmente satisfactorio... riquísimo y dulce. ¿Se puede pedir más?


Ingredientes que utilicé:

Para las albóndigas (salen 5 albóndigas)
- 200 gramos de carne picada. Yo usé pollo, concretamente los contramuslos, que suelen tenerlo en la carnicería para picar, y es una parte del pollo más jugosa. Pero, como digo siempre, puede ser la carne que queráis, o una mezcla de carnes.
- Pan rallado.
- 1 huevo.
- Un par de dientes de ajo, de tamaño pequeño.
- Perejil, si puede ser, fresco. Os aconsejo tener una plantita de perejil. No cuesta nada mantenerla y se agadece mucho coger una rama de vez en cuando. El aroma, en cuanto se lavan las hojas, ni siquiera aun picado, es súper intenso y agradable. En lugar de perejil, se le pueden echar otras especias, como orégano, albahaca... al gusto.
- Sal fina.
- Harina (yo uso integral).
- Aceite de girasol.


Cómo lo hice: es muy fácil. En un bol, ponemos la carne con el huevo ligeramente batido por encima. Echamos una pizca de sal, el ajito picado lo más pequeño que podamos y un poco de pan rallado. El pan rallado es para que cojan consistencia. Con la carne de pollo, es muy fácil que salgan demasiado blandas, así que la enriquecemos usando el pan. Empezamos añadiendo como una cucharada. A mi me gusta mezclarlo con la mano: nos las lavamos bien y amasamos la carne con los ingredientes que hemos dicho. Si necesita más cuerpo, añadimos un poco de pan rallado. Yo, con una cucharada, y para esta cantidad de carne, no tuve que ponerle más. Dejamos reposar la masa. Yo la hice por la mañana y la dejé, a temperatura ambiente, tapada con papel film o transparente, hasta que llegó la hora de prepararlas. Para eso, ponemos en una sartén aceite de girasol, la cantidad suficiente como para que, al echar una albóndiga, quede cubierta. Sobre gustos, ya sabéis, pero yo uso aceite de girasol para las frituras... por lo que ya os comenté: el sabor del aceite de oliva, para mi gusto, es demasiado fuerte. Y con el aceite de girasol las frituras quedan más sueltas y menos empapadas. Pero como queráis.
Mientras se calienta bien el aceite, vamos haciendo las bolitas con la masa del tamaño que uno quiera. Las vamos pasando por harina y las vamos poniendo en un colador, donde, con unos golpecitos, como si tamizáramos, le quitamos el sobrante de harina. La misma carne se queda impregnada con la harina que ella misma pide. Así no habrá exceso. Las vamos poniendo en el aceite cuando esté bien caliente y las freímos. Sólo le damos un dorado rápido, pues ya se harán bien por dentro cuando las metamos en el guiso de verduras que vamos a prepararles. Las sacamos del aceite y las ponemos en una bandeja o un plato, preparado con un papel absorbente, y las reservamos. Yo siempre, de las que me salen, suelo reservar algunas así, sólo fritas, sin salsa ni nada, para unos macarrones, por ejemplo. O incluso para comerlas de un bocado... mmmm, riquísimas.

Mientras las tenemos escurriendo el exceso de aceite, preparamos el sofrito para el guiso. Para ello, utilicé:
- Una zanahoria.
- Unos guisantes congelados (sin descongelar). Los eché a ojo, pero la medida podría ser más o menos la de la mitad de un vaso pequeño. Eso también depende de lo que le guste a cada uno.
- Una cebolla pequeña.
- Dos dientes de ajo.
- Una hoja de laurel, cortada por la mitad.
- Aceite de oliva.
- Vino blanco.
- Sal gorda.
- Especias aromáticas: romero y tomillo.

Cómo lo hice: ponemos a calentar, en una ollita, un fondo de aceite de oliva, más o menos un par de cucharaditas pequeñas. Ponemos la hoja de laurel, con el fuego medio. Picamos mientras el ajo y la cebolla. Añadimos el ajo y lo doramos un poco. Cuando esté dorado, añadimos la cebolla y bajamos la temperatura para que poche, ayudándola a sudar con un poco de sal. Yo suelo echarle en este momento las hierbas aromáticas, pero las puedes añadir cuando quieras.
Mientras, pelamos la zanahoria y la cortamos en daditos o cubitos pequeños. Cuando la cebolla esté pochada, es decir, cuando pasen unos 10 minutos, subimos el fuego y añadimos la zanahoria y los guisantes, sin descongelar. Añadimos sal. Removemos bien, con el fuego vivo, creando una costra, que parece que se nos está pegando o se nos está quemando, pero no. Añadimos las albóndigas y seguimos con el fuego alto. En menos de un minuto, todo estará humeante y echa una costrita debajo. Es el momento de echar un chorreón de vino blanco, sin dejar de remover, y se nos hará una salsita. Dejamos unos minutos para que el alcohol se evapore. Cubrimos de agua las albóndigas y las llevamos a hervir. Cuando hiervan, las tapamos a medias (ponemos la tapa de la olla, pero dejamos una esquinita abierta para que respiren) y las dejamos cociendo a fuego medio bajo, una media hora. Pero el tiempo dependerá de la cantidad y, sobre todo, del tamaño: a más gordas las albóndigas, más tiempo y más suavemente van a tener que ir cociéndose.
Yo con media hora, cuarenta minutos, tuve suficiente.

¡Pero hay que hacerle un primer plato a esas albóndigas!

Para la crema de calabaza, exquisita, simplemente usé:
- 400 gramos de calabaza (sin haberle quitado la piel ni las pipas).
- Una patata.
- Una cebolla.
- Sal.

¡Y NADA MÁS!
Como comenté antes, suelo hacerla con más cosas: con zanahoria, puerro y tomate, y un poco de aceite. Pero esta vez no quería hacerla con nada más y el aceite se me olvidó. Creí que saldría más mala, pero... nada... increíble el resultado. Es la muestra de que lo más sencillo es, la mayoría de las veces, lo más sabroso.

Cómo lo hice: ponemos la olla rápida en el fuego, con un fondo de agua (muy poco, un dedo de alto), calentando mientras preparamos los ingredientes. Cortamos la calabaza, le quitamos la piel y las pepitas, y la troceamos en dados grandes (no importa, porque vamos a triturarla después). La echamos en el agua que tenemos calentando. Pelamos la patata y la echamos también, chascándola (esa manera de cortar que consiste en llegar a la mitad con un corte y terminar, no cortando, sino más bien partiéndola haciendo un poco de fuerza con el cuchillo). Pelamos la cebolla y la añadimos, partida por la mitad (si es más grande, pues en cuartos). Añadimos un poco de más agua, sólo un poco, porque la calabaza va a soltar mucha. No hay que curbrir las verduras, sino que sobresalgan. Añadimos sal. Dejamos que hierva y cerramos la olla. La ponemos al 2 y, cuando empiece a salir el vapor, la vamos a tener 10 o 12 minutos, sin bajar el fuego. Cuando pasen esos minutos, la apagamos y la dejamos en el calor de la vitrocerámica. Cuando ya haya dejado de salir vapor del todo, destapamos la olla y contemplamos lo que tenemos... un montón de calabaza cocida, con patata y cebolla... ¡pero no os alarméis! Pronto será una sabrosa crema... Si veis que tiene demasiada agua, quitarle. Es mejor que empiece a salir espesa en cuanto la batamos que que nos salga directamente muy líquida y ya no podamos rectificar. Yo saqué un vaso (que me bebí con gusto). El resto lo pasé a un vaso de batidora y lo batí todo. La textura quedó perfecta, suave y cremosa, más bien espesita pero en crema, no en puré. Y el sabor... súper dulce. Ya os digo. Es la vez que la he hecho más simple y con menos ingredientes y, al mismo tiempo, la mejor que me ha salido en cuanto a sabor y textura. ¡Rozada por la mano de algún santo!


¿Hablamos de nutrición?

Ni qué decir que los dos platos está cargados de nutrientes y de pocas grasas: la crema de calabaza nos va a aportar hidratos de carbono, sobre todo con la patata, que enriquece, no sólo el sabor, sino el valor nutricional. Las albóndigas están llenas de proteínas, de la mano de la carne de pollo, que nos quita la grasa que podría ser añadida si usamos otro tipo de carne (de cerdo, sobre todo). Es verdad que el pan rallado le aporta un poco más de calorías, pero la cantidad es irrisoria. Y la harina, si me hacéis caso y escurris en un colador antes de echarlas a freír, va a ser también muy poca. La fritura nos subirá las calorías, unas 100, pero nos enriquece el plato. El sofrito en la olla de las albóndigas no lleva apenas aceite: sólo un fondo. Las zanahorias nos van a aportar hidratos simples y los guisantes, proteínas aparte de hidratos. No tengáis miedo de usarlos aunque sean legumbres. Usad una cantidad proporcional al plato, teniendo en cuenta los demás ingredientes, y son necesarios, como el resto de las legumbres, si queremos equilibrar nuestra dieta.
De hidratos complejos estamos faltos en este plato, así que vamos a comer pan o picos, preferiblemente integrales para tener nuestro aporte de fibra.

Como veredicto: dos platos sencillos, sabrosos, un poco elaborados (sobre todo las albóndigas), pero que merecen la pena y que no son nada calóricos. ¿500 calorías, como siepre? Creo que sí, que podemos redondear en 5oo o 600 a lo sumo... ¡aunque depende de la cantidad de pan que comáis para acompañar!


Como siempre os digo, animáos a hacerla. No os decepcionará.

martes, 15 de marzo de 2011

Potaje al estilo de mi madre

Potaje de mi madre...

... porque en cuestión de potajes no le gana nadie.

La receta de mi almuerzo de hoy es distinta a las que vengo haciendo, por la sencilla razón de que no me he encargado yo de las cosas ni de medir ingredientes, sino que ha sido mi madre la que ha hecho y yo la que se ha limitado a disfrutar.

Por eso, el post de hoy es también distinto, porque no voy a poder describir las cosas "tal y como yo las he hecho", así que lo que voy a hacer es una descripción de lo que me iba trayendo mi madre de la cocina (¡nunca terminaba de sacar platos¡ ¿Habéis visto la peli de Asterix y Obélix, las 12 pruebas? Me recordó a la escena en la que Obélix tiene que comer un montón de platos... ).

Primero:

Veo ante mis ojos una taza de consomé, llena hasta arriba, de un caldo brillante, rebosante de materia grasa. Mi pregunta: "mamá... ¿esto que lleva por dios santo?". "¡Uy pero si no lleva grasa! ¡No le he puesto tocino!". En el fondo del caldo, unos garbanzos y un poco de pasta, de esas conchitas pequeñitas. Al probarlo... mmmmm riquísimo. Los culpables de ese caldo tan rico: pollo, hueso de ternera, jarrete (zancarrón o morcillo, por el norte), puerro, col blanca, apio, nabo, patata y zanahoria. No se puede pedir más.


Segundo:

Me trae el plato más llano de la casa, que era como una fuente de cualquiera de las vajillas de Versalles. En ella, un surtido troceado y en seco de las verduras y la carne que os he dicho antes: un poco de apio, un poco de puerro, un poco de nabo, unas patatillas, un poco de carne de pollo, un poco de jarrete y zanahoria. Todo en una pefecta sintonía, cromática y estética, que claro, imposible decir que no.

Tercero (hay un tercero):

Me sorprende con un montadito caliente de las mismas cosas que he mencionado (nunca unas verduras dieron para tanto), machacadas con un tenedor, puestas dentro del pan y calentado en la sandwichera.


Creo que había pasado una hora desde que este banquete empezó. Aun así, me entró una manzanita de postre, feliz como una perdíz, satisfecha y... fregando todos los cacharros que mi madre había usado para semejante versatilidad de platos. Eso sí, mereció la pena.

¡A hacer caldos todo el mundo mientras nos dure el frío!

lunes, 14 de marzo de 2011

Sangre encebollada

Sangre encebollada...

... porque no me importa reconocer que me gusta. En este aspecto (y con la casquería en general) hay, desde mi humilde punto de vista, dos polos diametralmente opuestos: de un lado, los que adoran la casquería. Esos que disfrutan de los higaditos, los riñones o una buena (y colesterosa) sesada de res. De otro lado, los que se quedan boquiabiertos y esbozan una mueca de suma repugnancia cuando uno dice tan normal que come sangre de pollo. Bueno, también hay un grupo intermedio, ése que no puede evitar hacer la graciosiiiisima broma de "ah, vaya, ¿qué eres vampiro?" Ja... ja... me muero de la risa... (detéctese la ironía).
En fin. Esta entrada no está recomendada para esa gente del grupo dos, que no sabe que lo mismo es comerse un poco de carne de cerdo que cualquier otra parte de su cuerpo. Que también es carne animal, alimento. Que no pasa nada por comer algo que se sale de lo ás tradicional. Aunque, pensad, ¿qué más tradicional que la morcilla, por ejemplo? Y la morcilla lleva sangre, ¿no?

Pese a estar tan segura de que no hago mal en comer sange, uno siente siempre la necesidad de disculparse cuando come algo así. De decir "sí, si es como cualquier otra cosa de carne"... y en realidad por dentro también nos planteamos si somos más animales que el resto de humanos o si somos unos locos del canivalismo primitivo...

Pero bueno. Para aquellos que como yo, involucionamos a lo primitivo y comemos vísceras, en lugar de evolucionar hacia el hombre del futuro, que come espuma de tortilla de patata, dedicado este almuerzo y este post. Animáos a hacerla: súper fácil y súper rica. Sin más...


Ingredientes que utilicé:

- 200 gramos de sangre de pollo hervida (la compré en la carnicería, que me fío más, aunque la he visto en sitios como Mercadona).
- Una cebolla bien grande o dos pequeñas.
- Medio puerro (opcional, pero le da un gusto muy rico).
- Una hoja de laurel, cortada a la mitad.
- Sal (gorda o fina).


Cómo lo hice: poché la cebolla cortada en juliana en una sartén con un poco de aceite de oliva (una cucharada pequeña) y una hoja de laurel. Después, corté el puerro a trocitos y también lo añadí a pochar. Eché un poco de sal para hacer sudar a la verdura. Como nos interesa que quede blandita, lo ponemos a fuego medio bajo y lo tapamos. Mientras, troceamos la sangre: la cortamos en cubitos. Es la forma más típica, pero vamos, la puedes cortar como quieras. En cubitos no muy grandes, de 1 centímetro de lado, por ejemplo. El tamaño depende de vosotros, pero tened en cuenta que las más grandes costará más trabajo que se hagan. Si son más pequeños los cubitos de sangre, se hace mejor e igual por dentro que por fuera.
Cuando la cebolla y el puerro han pochado (unos 10, 15 minutos), subimos el fuego y añadimos la sangre. Hacemos como si la salteáramos: dejamos el fuego alto y vamos moviéndola para que coja color. En seguida va cambiando un poco, se va poniendo de más negra a marroncita. No hay que dejarla mucho, por lo menos yo no la dejo mucho. En unos 5 minutos a fuego alto, apagamos el fuego, pero seguimos moviendo. Si vemos que está demasiado blanda, en el sentido de que empieza a desmoronarse cuando la movemos (mueve con cuidado de todos modos), la apartamos del fuego. Si no, la dejamos en el calor del fuego una vez quitado, tapada, reservada.
Antes de servir, rectificamos de sal. Yo tuve que echarle una poca porque sólo eché cuando poché la cebolla. Pero prefiero no echarle a las carnes sal, sólo cuando está en el plato, porque queda menos jugosa. No sé si la sangre quedaría menos jugosa, pero aun así, es costumbre no añadir sal hasta el final.


¡Y eso es todo hoy! Tengo foto, tengo foto... no apta para los que les da "repelús" (ellos se lo pierden...):


Un día me gustaría probar a hacerla con tomate. Hay varias recetas por google y pintan muy bien. La próxima vez.



Y ya sólo nos queda el informe nutricional:
- Por las calorías, no tenemos que preocuparnos. Aquí he podido encontrar los datos por 100 gramos, así que, aplicados a nuestro plato, nos dan unas 160 calorías, a las que sumamos la cebolla, el puerro y el aceite y redondeamos en... 300 (redondeando al alza, pero teniendo en cuenta que está refrito).
- Si habéis visto la página que he linkeado, nos dice que los hidratos son... 0. Así que hay que añadir hidratos a este plato: yo lo acompañé con una ensalada en la que puse hidratos simples (maíz y remolacha) y comí complejos en forma de pan. Pero se me ocurre que se puede preparar con una ración de arroz cocido, preferiblemente integral, para tener buen aporte de fibra.
- De proteínas, bien servidos: casi 35 gramos de proteínas.
- En cuanto a las grasas, tenemos unos 3 gramos por la sangre, a la que añadimos unos más, pongamos 7, por el aceite. Así que nada, 10 gramillos sin importancia que nos van a sentar de muerte.


Lo dicho. A probar este plato los que dicen "no" sin intentarlo: os va a sorprender mucho, para bien. Y a seguir comiendo cosas de este tipo a los que, como yo, ya han descubierto el placer de la casquería... ¡ñam! ¡Abajo los tabúes, leñe!

domingo, 13 de marzo de 2011

Habitas en frío y Pinchitos de pollo

Habitas en frío y pinchitos de pollo...

... porque me gusta lo de siempre y también lo de nunca. En este caso, lo de siempre son los pinchitos. Me encantan los pinchitos: el adobo que tienen me vuelve loca. Por desgracia, no me he atrevido todavía a hacerlos yo misma, con trozos de pollo y algún adobo casero... pero todo se andará. Mientras tanto, me seguiré volviendo loca con estos de la carnicería de confianza del pueblo (porque, eso sí, de esos pinchitos en bandejas de las grandes -o no tan grandes- superficies, no me fío mucho... ). Lo de nunca es, efectivamente, el plato que he bautizado como "habitas en frío". Pasando por la frutería, vi el kilo de habas a 1.46 (no muy caro, aunque luego no tienes ni por asomo un kilo de habas, porque las vainas son lo que más pesan... ). Aun así, las compré por primera vez (un bote en conserva cuesta unos cinco euros, increíble, pero supongo que será porque le están pagando -con creces- a la persona que se ha entretenido en desgranar las habas...). Nunca las había comprado así, frescas, así que llegué a casa, investigué un poco y vi que no era nada del otro mundo cocerlas y prepararlas. Sobre cómo prepararlas, yo las había comido guisadas con jamón. Pero me apetecía algo más ligero, sin salsas (potingues, como yo lo llamo). Así que, y gracias a Sean Penn, en la peli "Yo soy Sam", vi el que sería mi almuerzo de domingo en la tele mientras Sean le decía al encargado de un comedor que si le podía separar, mientras le servia su plato, las habas del maíz. "¿Amarillo y verde en el mismo plato?", decía. Pues si bien a Sean (mejor decir Sam) no le hacía mucha gracia la mezcla, a mí se me encendió la bombilla. ¡Maíz! Qué riiicooo. De mi cosecha un poco de cebolla... pero vamos a concretar:


Ingredientes que usé (para... uno):

Para las habitas en frío:
- Una cebolla pequeña.
- Unos 20 o 30 gramos de habitas (hablo del peso ya cocidas). Es la cantidad de que sale de medio kilo sin pelar todavía. Es decir, de un kilo de habas con la vaina salen unos 50, 60 gramos de porción comestible.
- La misma cantidad (o al gusto) de maíz dulce.
- Aceite de oliva.
- Nuez moscada.
- Sal gorda.

Cómo lo hice: un par de horas antes, cocí las habas, previamente desvainadas. Ya las saqué de la vaina el día antes, porque es bastante entretenido. Hay que ir, con la uña mismo, rasgando la vaina y empujando las habitas. Una vez fuera, las lavé bien (costumbre). Eran muy pequeñitas (baby), así que no consideré que tuviera que quitarles la piel. De todos modos, es trabajo de chinos, pero ya que uno está puesto y si cree que le pueden molestar, también se pueden sacar de la misma pielecita que las envuelve. Las dejé escurriendo y, cuando estaban secas, las metí en una bolsa que llevé al frigorífico y las dejé allí hasta hoy. Esta mañana, las saqué del frigorífico para que se pusieran a temperatura ambiente. Una hora antes de comer, las puse a cocer. La cantidad que puse a cocer fue la de los 50, 60 gramos (aunque yo sólo usé la mitad para la ensalada). En una olla pequeña, eché las habitas una vez que el agua empezó a hervir. Como siempre, no le eché nada al agua, aunque parece que es apropiado echar limón y, como siempre, sal. Cuando arrancó a hervir el agua, entonces, las eché. A los 12 minutos, apagué el fuego y las dejé en el calor hasta los 15. Las saqué a un plato con un papel absorbente y, después, las eché en un escurridor y les eché agua fría para enfriarlas. Me gusta cortarles la cocción, sobre todo, si voy a usar lo que cuezo en ensalada. Prefiero las cosas duritas a que queden demasiado blandas.
Mientras escurrían enfriadas, preparé el aliño: piqué la cebolla muy fina, la puse en un plato. Le eché el maíz encima, añadí un poco de mi adorada nuez moscada y lo removí un poco. Lo tapé y lo dejé así. Una media hora antes de comer, le eché las habas (intentando que estuvieran bien escurridas para que no soltaran agua en el aliño). Eché sal y volví a mezclar. Y, como siempre, justo antes de comer, le eché simplemente un chorrito de aceite de oliva.

OBSERVACIONES: creo que le hubiera venido bien un poco de vinagre. Resultaron un poco sosas. De cocción, perfectas, ni blandongas ni muy duras. La nuez moscada no intensificó ningún sabor; más bien, pasó desapercibida. Y la cebolla, creo que sobraba. Así que, para la próxima vez, los ingredientes se modifican: un poco de vinagre, sal gorda, aceite de oliva, habitas y maíz (y probaré con otra especia, para ver si potencia algo, en lugar de la nuez moscada).


Para los pinchitos de pollo:
- Pinchitos de pollo -trozos de pollo adobados- comprados en la carnicería (unos 150 gramos).
- Aceite de oliva.


Cómo lo hice: muy fácil. Se pone en una sartén un fondo de aceite de oliva. Se tiene preparada la tapa de la sartén. Se pone a fuego alto. Se echan los trozos de pollo y se hacen unos 5 minutos a fuego alto, removiendo bien. Se apaga el fuego y se dejan tapados, otros 5 minutos, removiendo un poco, pero terminándose de hacer con el calor residual. Así de fácil...


Hablemos ahora de sus características, desde el punto de vista nutricional:

- En cuanto a las calorías, las habitas en frío no nos aportan mucho: lejos de lo que puede parecer, por ser una legumbre, no son muy calóricas al ser tiernas. Podéis mirar esta tabla y comprobarlo. Yo aluciné con la diferencia (pero no la entiendo... ¿por qué cambia tanto dependiendo de si están secas o no?). El maíz, para la cantidad que yo usé, no llega ni a las 60 calorías. Y, como siempre, el aceite pudo ser una media cucharada, así que pongamos unas 45 calorías. La cebolla no merece la pena ni decir las que aporta, porque son mínimas. Así que, redondeando, podemos ponerle a esta ensaladita unas 15o calorías. Por otro lado, el pollo lleva adobado y además, está echo en aceite. Vamos a subirle las calorías a unas 200.
- Las grasas, son todas muy saludables y apenas presentan, excepto las saturadas que añadimos al freír el pollo, pero vamos, tampoco muy alarmantes.
- Por parte de hidratos de carbono, tenemos unos gramos en las habas, pero nos hace falta añadir, así que meteremos pan o colines, depende de lo que nos guste. Yo metí colines. Los hidratos simples nos los cubre el maíz (con pocos, pero no hay que abusar de los azúcares).
- Las proteínas nos las cubre el pollo y, por supuesto, la de las habas. El plato se perfecciona con el cereal del pan, que completa las proteínas de las legumbres y las hacen de alto valor biológico. No dejéis de comer ceral con las legumbres: en forma de arroz, por ejemplo. Un día probaré a hacer las habas guisadas con un poco de arroz, a ver qué tal. Quizá con una salsa de tomate casera...


Y... eso es todo...
¿Cómo? ¿Qué oigo? ¿Que si hay foto? ¡Hoy sí! Pero antes, haré unas aclaraciones... No tengo una gran cámara porque para nada soy profesional aunque, eso sí, me encanta hacer fotos. Simplemente es una foto del plato en la encimera de mi cocina... así que perdonadme. si la calidad no es mucha, tanto de imagen como a nivel "artístico". Sólo os enseño cómo salen las habitas, sobre todo, la cantidad. De los pinchitos... no hay foto. Se acabaron antes de poder hacerla... (ejem, ejem... ya os he dicho que me encantan... ). Sin más excusas... ¡aquí va la foto!





¡Una receta más que poner en práctica, ¿no os parece?!



AÑADIDO DESPUÉS: He encontrado una explicación del porqué las habas tiernas son menos calóricas y saludables que las secas. Según esta página, cito textualmente, "las habas debido a su mayor cantidad de agua y al menor aporte de hidratos, si son frescas proporcionan cinco veces menos calorías que su equivalente en seco, un detalle si estás a dieta". Muy interesante, ¿verdad?

sábado, 12 de marzo de 2011

Mini San Jacobos, figuritas de mar y ensalada

Mini San Jacobos, figuritas de mar y ensalada...


... porque eso es lo que he comido de verdad. Pensaba engañaros, decir que la receta de mi almuerzo de hoy, y que quería compartir, había sido sofisticada y estilosa... algo de la "nueva cocina" o de decoración súper innovadora... y bla bla bla... ¡pues no! No engaño. La verdad, mi almuerzo de los sábados es un poco menos elaborado que el resto de la semana. También, lo reconozco, más calórico y grasiento... pero nada más lejos de la realidad. Nada que no se pueda compensar, sabiendo cómo repartir bien los alimentos el resto del día (sin obsesiooones, que no pasa nada). Quizá hago esto los sábados porque es mi día preferido de la semana. No sé, le tengo un cariño especial. En fin...


Sin más, os cuento lo que he almorzado. Espero que os guste y que sea algo que hagáis, un sábado o el día que prefiráis (¿tenéis día favorito en la semana? ¿o sólo yo tengo esos puntos?).


Ingredientes que utilicé (para uno, por supuesto):

Para los san Jacobos: dos mini san Jacobos. No tienen marca, son de una tienda de congelados, de esas que tienen de todo y te llevas las cantidades que quieres. Sé que hay paquetes, creo que de marcas como "La Cocinera", pero no suelo comprarlos. La verdad es que hacía mucho tiempo que no comía sanjacobos comprados. Suelo hacerlos yo, pero claro, requiere mucho más tiempo. Y el tiempo lo reservo para cuando lo tenga. Pues eso, dos mini.


Para las figuritas de mar: dos figuritas de mar (concretamente, un caballito y una estrella), del paquete de "Figuritas de mar", de merluza empanada, de la marca Hacendado. La verdad es que, en este sentido, las de marca hacendado no son las mejores que he probado. Pero bueno, están ricas y hacen el apaño.


Cómo lo hice: puse a calentar abundante aceite de girasol. Estas cosas así de paquete las suelo freír en este tipo de aceite. No uso aceite de oliva en este caso porque: 1.Le da un sabor demasiado intenso y 2.Empapa mucho más el alimento que se fríe. Es decir, uso aceite de girasol para estas friturillas de paquete porque no empapa nada y porque no le aportan sabor.
Cuando el aceite está bien caliente, añadí las cuatro cosas al mismo tiempo. Es importante que esté caliente para que no empape, sino que fría bien. A pesar de las instrucciones de los fabricantes, yo sí suelo descongelar antes estas cosas, al menos sacarlas un rato antes de freírlas para que se atemperen. Es cuestión de gustos. Creo, de todos modos, que congelados salen mejor, más crujientes y reservando mejor lo de dentro. Pero el incoveniente es que saltan mucho, con el hielo dentro del aceite caliente... Es cuestión de lo que prefiráis: sacrificar un pelín de sabor o de crujiente (echándolos descongelados) pero que no salte el aceite, o bien soportar que salpique un poco y conseguir mejor sabor...
Después de unos minutos friendo, se sacan. Tienen que salir de la sartén bien doraditos y crujientes. Unos 3 o 4 minutillos. No bajéis el fuego, ¡pero que no se quemen! Los ponemos en un papel absorbente. Yo pongo uno debajo y, con otro, los cubro. Pero es increíble cómo apenas se ve aceite en el papel, comparado con el aceite de oliva, que siempre salen muy húmedos.
OJO: esto se come calentito, porque frío pierde gracia. Por eso lo freímos cuando ya tengamos la ensalada preparada.


Para la ensalada (un poco, tampoco mucho más, elaborada):
- Dos palitos de cangrejo (esos de surimi, marca Pescanova, pero los congelados, no los que venden sin congelar -que son más caros y no entiendo el porqué).
- Una pieza de remolacha, de esas de paquete, que vienen muchas pelititas de remolacha ya cocidas.
- Media cebolla pequeña.
- Maíz dulce, de lata. Muuuucho maíz dulce, me encanta.
- Nuez moscada (si os gusta).
- Sal gorda.
- Aceite de oliva.

Cómo lo hice: corte a rodajitas los palitos. De cada palito (sí, las he contado, soy una neurótica) salen unas diez rodajitas. Después, partí la remolacha es cubitos. Añadí la cebolla, picada en este caso. Y luego, el maíz. Mezclé todo sin añadir todavía ningún condimento. Después, añadí la nuez moscada (un bote de nuez moscada molida, de Hacendado), un poco de sal gorda y removí. A mí me gusta dejarla así, si es posible, tapada, sólo con las verduras y las especias. No sé, creo que le da mucho aroma y cogen más el sabor. En el último momento, la aliñé: en este caso, sólo usé un poco de aceite de oliva.


Y... ese ha sido mi almuerzo. Espero que lo probéis. Acompañé las figuritas con un poco de ketchup (no falta en mis sábados). Y, como espero que sea costumbre, os hago un informe nutricional, estimado y novato, del plato:


- De calorías, andamos un poco más elevados que el plato de ayer, pero tampoco mucho. Más que nada, las calorías aumentan por culpa del frito (¡maldito frito! ¿por qué estarán tan ricos?). Debajo de los fritos no tenemos siquiera 100 gramos entre merluza, jamón cocido y el queso que lleven las figuritas y los mini. Vamos a ponerle unas 200 calorías para las cuatro friturillas, ¿os parece? La ensalada, por otra parte, no es muy calórica. Remolacha, unas 40. Los palitos, más o menos lo mismo. El máiz, 50 0 60 (le eché muuuucho). El aceite, unas 50 (puse menos de una cucharada, que son 90 calorías)... así que, más o menos, nuestra ensalada lleva unas 150 (venga, 200 para redondear). En total, redondeemos en 500. (Más o menos siempre mis comidas suelen ser así).
- En cuanto a las grasas, bueno... también nos la suben los fritos, además de las saturadas... pero nada, la cantidad de frito es pequeña, así que no merece la pena calcularlas... (ejem ejem). Además, tenemos la grasa "buena" del aceite de oliva en la ensalada, así que ¡estamos libres de culpa!
- Las proteínas quedan cubiertas por el pescado de las figuras y de los palitos de cangrejo (o surimi), aunque bueno, no es un aporte proteíco muy abundante. No merece la pena contar la proteína del jamón cocido de dentro de los mini sanjacobos... ¡creo que cabía en el hueco de una muela!).
- Hablando de hidratos, de complejos andamos escasos, así que yo añadí picos (colines). O si no, pan, pero yo con las ensaladas es que el pan me sobra... mejor algo que cruja como los colines. En cuanto a los azúcares, tenemos el del maíz dulce y la remolacha (y el ketchup, si también usáis). No sé especificar exáctamente los gramos, pero no son nada alarmantes (no creo que llegue a los diez).


¡Y eso es todo! Para aquellos que esperábais una foto os digo que... no la he hecho. Esta vez, tenía la cámara cargada y preparada, pero no me acostumbro, así que... no ha dado tiempo. Me he acordado después, pero evidentementeeee no iba a hacerle la foto al plato vacío (o bueno, hubiera quedado resultón...).

¡Que disfrutéis y que os animéis a hacerlo!